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CENTRO DE INVESTIGACIÓN DE LOS ANDES

ESE VIKINGO QUE LLEVAMOS DENTRO

CRISTÓBAL RAMÍREZ  - Copenhague tiene una doble capa. Uno observa a sus ciudadanos, que no dicen una palabra más alta que otra, y sus rutinas perfectamente ordenadas y puede pensar que es una ciudad apagada y ñoña. Error. Si uno rasca, se encontrará con una urbe bastante friki y divertida. Si ya ha visitado la sirenita al borde del agua y se ha maravillado con el Tivoli, uno de los parques de atracciones más antiguos del mundo, prepare el cuerpo para comprender la idiosincrasia danesa haciendo lo que hacen ellos. O, por lo menos, intentándolo.

01 El SoHo nórdico

Gafas de pasta, tacones de vértigo, ropa retro, labios rojos... No hay duda: la plaza Sankt Hans Torv (con su escultura de granito) es el epicentro de Norebro, un antiguo barrio de trabajadores que se ha convertido en el SoHo de Copenhague. Es aquí donde viene el moderneo a renovar su vestuario, tomar un café y dejarse ver entre las tribus de diseñadores, artistas y gente del show business. Merece la pena entrar en los dos bares más famosos de la plaza: el minimalista Pussy Galore's Flying Circus, donde toca comer el brunch, y el animado Sebastopol, con sus abundantes sándwiches. Habrá que curiosear por Ravnsborggade, la calle de las boutiques, las antigüedades y los muebles vintage. Y por Elmegade, la callejuela de las tiendecitas de ropa creativa con diseños únicos. En Gefährlich (Faelledvej, 7) hay que echar un vistazo sí o sí, porque es una mezcla rara de restaurante, coctelería, peluquería y galería de arte con dj's. No puede faltar el baile en Rust, donde escuchar lo último de lo último.

02 'Reggae' para ir al cielo

En el barrio de Christianshavn se llevan los contrastes. Entre los edificios de oficinas de cristal aparece sin esperarlo la espigada iglesia de los cristianos, un templo luterano del siglo XVIII. Pero lo mejor está dentro: un púlpito de madera y bancas como de teatro. ¿Y eso? Claro, se descubrió el filón y ahora en la iglesia se organizan conciertos de todo tipo, desde reggae hasta audiciones de Bach. Una pena que su página web (christianskirke.com) esté en danés. De todas formas, pregunte en la oficina de turismo o en la propia iglesia. La animación no acaba: en la cripta, bajando unas escaleras, se encuentran varios sepulcros de nobles daneses. Lo más curioso es que las cajas están ahí, sin enterrar. Puede dar aprensión, así que se puede volver al mundo en la pastelería Lagkagehusset (Torvegade, 45), una institución en la ciudad. Pegue la nariz al escaparate y vea el espectáculo de bollos, chocolates y tartas con frutas. No tendrá más remedio que entrar y salir cargado.

03 Caladas libertarias

El barrio más libertario de Copenhague es hoy un barrizal. Ha llovido. Hay vecinos tomando cervezas. Hay un rubio cortando troncos. Hay unos jóvenes que se calientan con una hoguera. Hay casas de madera precaria y uralita. Hay policía. Hay innumerables graffitis. Así es el ambiente en Christiania, un barrio parcialmente autogobernado desde la década de 1970, con unos 850 residentes y un estatus semilegal de comunidad independiente al margen de cualquier Estado. Paseando por Pusher Street, la calle principal, uno se da cuenta de que la droga es como el pan, así que si le ofrecen Afganistán Rojo o Nepal Negro no espere un billete de avión. Por lo demás, Christiania es tranquilo: mirar los puestos hippies con sus cachivaches, comer un fish & chips por 30 coronas (cuatro euros) o un falafel por 15 (dos euros), un pastel con café en Sunshine Bakery, una cerveza en Woodstock Bar o mirar qué pasa en el barrio desde uno de los merenderos. Cuando salga de Christiania, fíjese en la portada de madera: "Usted está entrando ahora en la Unión Europea".

04 La birra más danesa

Las vibraciones cambian. Frederiksberg es un pueblecito con ayuntamiento propio que hace tiempo que Copenhague se merendó. Está a 20 minutos caminando desde el centro, pero el aire es aquí más calmado. Más burgués. En uno de sus extremos se encuentra la histórica fábrica de cerveza Carlsberg, orgullo nacional. Sorprende su arquitectura de la segunda mitad del siglo XIX, los dos elefantes gigantes que sostienen la torre del edificio y, ya dentro, la mayor colección de cervezas del mundo (más de 18.000 botellas). Más en el meollo del distrito (detrás del consistorio), los sábados por la mañana entre abril y octubre hay un mercadillo de ropa, antigüedades y rarezas. Está bien eso de entrar en el parque Frederiksberg Have. Ésta es la gran sorpresa: un enorme lago, prados verdes y un árbol cargado de largas ristras de chupetes y dibujos. Un vecino saca de dudas: cuando los niños del barrio dan el paso de dejar ese pezón de goma, vienen aquí, lo cuelgan y se despiden de él llorando. Una tradición como otra cualquiera.

05 Fuertes y en cueros

 

Les dan igual las bofetadas de frío polar. Muchos daneses tienen la costumbre de bañarse en cueros durante el invierno. Cuando el agua está congelada y los cielos negros. Es sanísimo y divertidísimo, cuentan. Quedan en alguna playa (en Copenhague nunca se está lejos del mar; 30 minutos como mucho), se despelotan y pasan el tiempo nadando o pegando volteretas. No hay más. Muchos son ancianos. Los baños de invierno más famosos están en el área metropolitana de la capital y son los de Gilleleje, Dragor, Kastrup y Charlottenlund. Otro, el de Amager, se halla dentro de la ciudad y a él se llega cruzando los puentes de Langerbro y Knippelsbro. Como turista, y si no llueve, uno puede hacer un picnic y relajarse mientras observa cómo unos tipos desafían la física. Y si uno se quiere mimetizar, métase en el agua a ver si aguanta. Demuestre el vikingo que lleva dentro.

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