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CENTRO DE INVESTIGACIÓN DE LOS ANDES

HOTEL RITZ

Instituto de los Andes - Panel: Hoteles

HOTELES CON HISTORIA - El lujo según Alfonso XIII se llamaba Ritz. Nació como émulo de los refinados establecimientos parisinos y vieneses de fin del siglo XIX, en un Madrid huérfano de alojamientos insignes. Por sus «suites» han pasado espías, magnates de prensa, actores, toreros y hasta maharajás. En los años 50 tuvo un código interno de buenas maneras que impidió el acceso a actores y toreros. Los denominaban NTR (No Tipo Ritz). En 2010 el hotel celebrará centenario.

Inauguración. Momento de la apertura, en el año 1910. Inauguración. Momento de la apertura, en el año 1910.

Realeza inglesa. Los duques de Windsor, en el año 40. Realeza inglesa. Los duques de Windsor, en el año 40.

Monegascos. Rainiero y Grace Kelly se alojaron en 1956. Monegascos. Rainiero y Grace Kelly se alojaron en 1956.

Por Gonzalo Ugidos - Da igual por dónde se empiece una historia, siempre hay algo anterior. Antes de su inauguración en 1910, el Ritz de Madrid ya tenía prehistoria. El jueves 31 de mayo de 1906 el rey de España se casaba con una princesa inglesa y rubia. Había coronas de toda Europa y maharajás de media India que abandonaron deprisa y corriendo la ciudad cuando, al regreso de la comitiva hacia palacio, Mateo Morral arrojó una bomba que mató a 23 personas. Cuando el trauma de la tragedia se fue amansando en la memoria, Alfonso XIII tuvo tiempo de reparar en que muchos de sus invitados tuvieron que alojarse en casas particulares por la insolvencia de la oferta hotelera. El monarca había conocido los esplendores del París de la Belle Époque, de la Viena de fin de siglo y del Londres eduardiano del Savoy. No le costó convencer a sus amigos financieros para levantar el Ritz. El rey se convirtió en accionista principal de la Compañía de Desarrollo del Ritz.

César Ritz, un suizo hecho a sí mismo, había sido el inspirador de un nuevo estilo de hostelería, bajo su iniciativa se habían construido el Carlton de Londres y el Ritz de París. Generalizó el baño en cada habitación, la iluminación indirecta, el servicio de habitaciones, la exquisitez de la cocina, la calidad de los vinos y los ámbitos esplendentes. Era la última palabra en elegancia, higiene y acoso a la belleza. El príncipe de Gales, futuro Eduardo VII, se convirtió en uno de sus valedores y al suizo recurrieron para diseñar el Ritz madrileño sobre un solar que antes habían ocupado los Jardines del Placer. Como el lujo y el savoir vivre venían de París, contrataron al arquitecto Charles Mewes, que había construido el Ritz parisino.

El Ritz importó la inglesa ceremonia del té de la tarde. Hasta entonces, la infusión era cosa de excéntricos o de enfermos de los nervios, lo suyo era tomar chocolate. La compañía londinense The Goldsmiths lo abasteció con 15.000 piezas de cubertería de plata y 750 de oro puro; de Limoges (Francia) se trajeron 200.000 piezas de la más fina porcelana; los tapices y alfombras eran de la Real Fábrica de Madrid; las sábanas y mantelería, de la firma irlandesa Robinson S. Cleaver.

En ese mundo exclusivo de lujo, lujuria y cibelinas, reinó Margarita Zelle. Travestida de javanesa bajo el nom de guerre de Mata Hari, cruzaba la delgada línea roja que separa la alta política de la baja cama y el amor de la muerte. Bailarina, cortesana y espía, actuaba en el Kursaal y se alojaba en el Ritz durante la Gran Guerra. Antes de morir en el foso de Vincennes, evocó las noches del Ritz y se quejó de la manía francesa de fusilar a la gente al alba. Los periódicos de Randolph Hearst contaron su historia.

El Ritz era el lujo y la única razón para no alojarse en él era no poder permitírselo. Se lo podía permitir el magnate de la prensa amarilla Randolph Hearst que, en 1934, se alojó en la suite Real con su amante Marion Davies. El Ciudadano Kane de Orson Welles llamaba «Rosebud» a la parte más secreta de la anatomía de su amante y esa fue la palabra en torno a la cual Welles reconstruyó el auge y caída del hombre más poderoso de su tiempo.

No lo fue Jegait Singh, pero tenía el poder de hacer realidad sus caprichos. Este maharajá de Kapurtala llegó al Ritz en 1915 con su esposa Anita Delgado. Los vieron bailar un primer tango y un último vals. Jegait Singh había conocido a la corista en 1906 cuando asistió a las nupcias de Alfonso XIII. El maharajá se enamoró como un cadete y la desposó en su palacio de diamantes, junto a una tienda hecha de día, un kiosco de malaquita y un rebaño de elefantes.

En la primavera del 56, el príncipe Rainiero y la princesa Grace celebraron su luna de miel en el Ritz. Por entonces su propietario, el belga Georges Marquet, era de la opinión de que no todo el mundo era digno de dormir entre el lino irlandés de sus camas king size. En el código secreto de selección de la clientela había un acrónimo letal: NTR, que significaba No Tipo Ritz. Para ser incluido en esa lista ominosa bastaba con que la mujer llevara pantalones o el caballero no usara corbata; la dictadura de las buenas maneras cerró las puertas a toreros y actores. En los años 50, James Stewart salvó el veto alegando su condición de coronel de aviación de Estados Unidos, con más de 20 misiones durante la II Guerra Mundial. Víctor Mature consiguió hospitalidad sacando de la cartera unas cuantas críticas derogatorias: «No sabe actuar», «inexpresiva presencia», «cara de besugo». Mientras exhibía sus recortes de prensa, Matute alegó: «¿Ven ustedes como no soy actor?». Si non è vero è ben trovato (y si no es verdad, está bien argumentado).

Mientras, hasta 1978, duró el reinado de los belgas no hubo excepción a las normas de decoro. Cuando Herbert von Karajan se disponía a entrar en el restaurante, un avergonzado camarero le cortó el paso por no llevar corbata. Era tarde para buscar otro restaurante, pero al día siguiente abandonó el hotel. Cuando George Marquet recibía la llamada de algún actor, daba malas noticias y excelentes explicaciones: el hotel estaba completo. Hacía excepciones con algunos cómicos que consideraba caballeros como Leslie Howard, Henry Fonda -que se dirigía en perfecto español a los empleados-, Lawrence Oliver por tener el título de lord, o Cary Grant, que siempre iba como un brazo de mar.

 

Alguna excepción hubo también con los toreros y gracias a eso, en los años 70, la excéntrica Barbara Hutton, heredera de la fortuna Woolworth, pudo consumar al menos un romance con un matador durante su estancia en el Ritz. Cuando en 1950 Ava Gardner llegó a Madrid, para rodar junto a Mario Cabré Pandora y el holandés errante, se alojó en él, pero como al final se quedó entre nosotros largos años de vino y rosas, lo dejó para ir a su propia casa. Por entonces parecía que el hotel se hubiera quedado rezagado en el tiempo: allí se vivía una mezcla de fin de siglo y años 20; mientras por Madrid había pasado, y bien que se notaba, toda una Guerra Civil.

Cambiaron los tiempos y se relajaron las etiquetas, pero George Bush y Gorbachov, en sus reuniones informales de la Conferencia de Paz de Oriente Medio en 1991, pudieron disfrutar de los cócteles Goya y Alfonso XIII que preparaba, y aún lo hace, el barman Marcelino Martín batiendo, para el primero, justas dosis de piña, melocotón, lima y bitter, y para el segundo, helado de limón, vodka y granadina. Antes y después de esos amos del mundo, una pléyade de nombres asociados al poder y la gloria han pernoctado en sus suites o encontrado solaz en los salones ambientados por el arpa de Severiano Gómez y el piano de Vicente Borland. Déspotas como Heinrich Himmler, maharajás como el de Baroda, emperadores como Haile Selassie; reyes como los de Arabia Saudí, Jaled y Abdulla, cuyas estancias fueron memorables y lucrativas puesto que su séquito ocupaba 90 habitaciones. Aún recuerdan los camareros las continuas solicitudes de servir whisky con Coca-cola en tazas de café para sortear la severidad del Corán. Pero el dinero no lo es todo, también existen los cheques, aunque lo ignorara el canciller Adenauer, que sorprendía al personal pagando las facturas en metálico.

Si uno se aloja en el Ritz experimenta la insoportable gravedad del siglo XX, con su resonancia de genios, héroes y déspotas que durmieron en alguna de sus 167 habitaciones o perdieron algunos pasos en sus 6.000 metros cuadrados de reales alfombras. Si uno se asoma a la ventana experimenta la vanidad del privilegio, una sensación de grande, de extrema superioridad. Hasta 1980 fue la residencia para visitas de Estado, cuando el Palacio de El Pardo tomó el relevo las testas coronadas dejaron las suites a Frank Sinatra, Woody Allen, Leonard Bernstein o Sylvester Stallone, que pasó la mayor parte de su estancia en el gimnasio porque está en el secreto de la salud y de la alegría: que se agite el cuerpo y se serene el espíritu. Los empresarios Gustavo y Ricardo Cisneros alquilaron la Suite Real, de 170 m2, durante un año al precio de 450.000 pesetas por noche (ahora cuesta 4.650 euros más IVA); pero no llegaron a dormir allí ni una sola noche. Como tantos otros clientes lo eligieron como una perfecta síntesis del cielo y del infierno; del cielo, por el ambiente; del infierno, por una compañía cosmopolita y de gustos sencillos: siempre dispuestos a conformarse con lo mejor. En la página web oficial del establecimiento: http://www.ritz.es/

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