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CENTRO DE INVESTIGACIÓN DE LOS ANDES

UN BANQUETE EN ISRAEL

A mitad del viaje Alex, mi primo, paró en un kibbutz que criaba cerdos (allí los llaman cebras, por motivos religiosos). Una baguette gigante y medio kilo de jamón crudo, constituyeron nuestra merienda de media mañana.

Ya en la catedral, picoteamos pistachos y dátiles mientras admirábamos los frescos pintados por famosos artistas de todo el mundo.

A la salida sentimos una puntadita de hambre. Así que paramos en “Diana”, el gran restaurante de Nazareth. Comenzamos con falafel de habas, humus con tehina, caviar de berenjenas, aceitunas negras con ajo, labne ácido y fresco con fenogreco y otras cosillas. Después, dos fuentes repletas de costillitas de cordero, jugosas y rosadas, apenas condimentadas con romero, y kebabs también de cordero con tomates asados.

Mientras comíamos, mi prima nos llamó al teléfono celular para que no nos olvidáramos de comprar dulces, ya que esa noche habría invitados.

La confitería tenía toda clase de sueños orientales: baklavá, greibe, maamul y otras delicias hechas de masa filo, almendras, agua de azahar y de rosas. Mientras nos hacíamos preparar una bandeja de dos kilos, una amable señora nos iba dando masas para probar. Y probábamos.

Un tanto satisfechos emprendimos el regreso. Pero bajando una colina, mi primo decidió estacionar junto a un puestito improvisado que había allá, atendido por un druso de edad incierta, descalzo y vestido con un traje que alguna vez había sido planchado y una camisa blanca que también alguna vez había sido lavada.

–Alex, creo que ya comimos bastante–, le dije.

Ignoró mis palabras.

Sobre tablones cortados a pura hacha, el druso exponía botellas de aceite de oliva hecho con las aceitunas de esos olivos silvestres que él mismo cosechaba, queso de oveja, panes iraquíes y zaatar seco, el hisopo bíblico que crecía salvaje ahí nomás.

El viejo limpió con su camisa dos vasos inmundos y nos convidó con un delicioso té de misteriosas hierbas.

Alex le murmuró algo.

Entonces, el hombre untó queso blanco de oveja rociado con ese aceite rancio en un pan chato, lo espolvoreó con zaatar y, mal doblado en tres, lo puso a calentar sobre el saj, ese horno típico que parece un wok invertido. Y cortando ese pan con un cuchillito oxidado, envolvió cada una de las mitades en un pedazo de papel higiénico de un rollo que tenía ahí y nos lo ofreció con gesto de príncipe.

La combinación de ese requesón de gusto fuerte a oveja con el aceite atrojado y el zatar era la perfección. Nunca había probado algo tan extraordinariamente equilibrado entre texturas, temperaturas y gustos.

Y yo, que me ufanaba de haber comido en muchos de los mejores restaurantes del mundo, allá, en medio de esos bosques, con la panza llena y a punto de reventar, degusté el mejor plato de mi vida, el plato inolvidable entre los platos.

Y, por algo, esa es tierra de milagros.

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