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CENTRO DE INVESTIGACIÓN DE LOS ANDES

LAS CRONICAS DE BERNAL DIAZ

Por: Manuel Corral - Xunta de Galicia - España

En ‘El viejo y el mar’, su última novela, y quizás la más famosa, Ernest Hemingway traza una parábola de los inmigrantes. Aunque el autor no lo menciona específicamente, por algunos detalles se infiere que el viejo pescador protagonista de la obra sería un inmigrante canario radicado en Cuba. Como extranjero, su hazaña es una forma de integrarse a la sociedad de acogida, ser aceptado por los otros pescadores.

A su vez, el hecho de lograr con mucho esfuerzo la captura de un pez inmenso, más grande que su propia barca, que en su regreso a la costa es comido palmo a palmo por los encarnizados tiburones, también resulta una alegoría de la dura vida de los emigrantes en tierras extrañas, muchas veces atacados por la simple razón de ser diferentes. Pero sin duda, lo que da grandeza al acto heroico del pescador es la resistencia, la bravura de la presa.

Disminuir la valentía del oponente caído disminuye la importancia de la victoria. Julio César, en su Historia de las Galias, no deja de elogiar la valentía de los galos, aun de sus mujeres. Sus victorias sobre estos agresivos celtas fueron el camino que lo llevó directamente al poder absoluto de Roma.

Cuando Bernal Díaz del Castillo, en su ‘Historia verdadera de la conquista de la Nueva España’, relata su participación en la conquista de México, se cuida muy bien de remarcar la grandeza del Imperio Azteca, y el poderío y buenos modales de Moctezuma.

Este criterio era habitual en los cronistas de Indias, ansiosos por presentarse como héroes ante sus paisanos residentes en el Viejo Mundo, exagerando si era necesario sus logros al subyugar imperios inmensos y poderosos.

En el caso de Bernal Díaz se sumaba un condimento adicional: cierta envidia por la fama de Hernán Cortés, y el deseo de presentar la epopeya de la conquista de México como algo colectivo, con activa y decisiva participación de soldados y capitanes, entre los que el cronista era una figura menor, sin blasones que ostentar, salvo el hecho de que el mismísimo Moctezuma lo trataba como un caballero, distinción que le negarán por su condición humilde los otros españoles.

Así las cosas, describió en su obra la magnificencia del soberano americano y de su corte. Nos enteramos leyendo a Bernal Díaz que el gran Moctezuma comía tras una puerta de madera recubierta de oro, en una sala iluminada por antorchas perfumadas de una madera que ardía sin humo, sentado en una mesa cubierta con manteles y servilletas tan blancas que harían morir de envidia a algún soberano europeo. Que trescientos platos, puestos en braseros, contenían “treinta maneras diferentes de guisados”, incluyendo gallinas, pavos, pequeños pájaros cantores, palomas, “patos mansos e bravos”, conejos y liebres, aves de caza a las que el cronista llama faisanes, perdices y gorriones ya que era común darle a alimentos y animales cuyo nombre se desconocía el nombre de un similar europeo.

Para poner el toque exótico, afirma “oí decir que también le solían guisar carnes de muchachos de poca edad”, pero aclara que él no lo presenció. Siguiendo con su relación, Bernal Díaz cuenta que después que Moctezuma se hubiera lavado las manos, sirvieron tortillas de maíz y chocolate amargo en una copa de oro. También “traíanle frutas de todas cuantas había en la tierra”, pero, como prueba de abstinencia y rigor del soberano, apenas las probó. Las grandes serpientes que se servían en los banquetes de otros señores de su corte no parecen haber figurado en los menús de Moctezuma.

Sin duda, las comidas en su palacio no eran un mero despliegue de extravagancia, riqueza o poder, sino que formaban parte de un sistema señorial de entrega y redistribución de recursos. Bernal Díaz destacó que cuando acabó de comer, entre su séquito se distribuyeron mil platos de la misma comida (lo que recuerda a los banquetes públicos de Reyes y Papas).

Al igual que en la Roma Imperial, los ingredientes que se comían en la Corte azteca procedían de la ingente cantidad de tributos enviados a las principales ciudades del imperio depredador de los aztecas, día tras día, a espaldas de porteadores.

Otro cronista contemporáneo, el franciscano Bernardino de Sahagun informa una analogía entre las costumbres de los aztecas con otras civilizaciones de Europa y Asia al escribir: “Cuando alguno de los mercaderes y tratantes ya tenía suficiente caudal, y presumía de ser rico, hacía una fiesta o banquete a todos los mercaderes principales y señores, porque tenía por cosa de menor valer, morirse sin hacer algún espléndido gesto, para dar lustre a su persona, gracias a los dioses que se lo habían dado, y contentos a sus parientes y amigos”.

Ofrendas florales, canciones, incienso y bailes acompañaban a estas celebraciones a las que los invitados llegaban a medianoche, y donde el menú solía comenzar con hongos alucinógenos, servidos con miel que causaban visiones “y provocaban lujurias”.

Esto nos resulta más que conocido, ya que sigue siendo costumbre de quienes medraron económicamente ofrecer grandes banquetes a sus iguales, repartir plaquetas, medallas y premios a la medida de cada ego. Lo que llama la atención es que algunos plantean una suerte de poca calidad intelectual en la colectividad asentada en el exterior, sin detenerse a pensar que la afirmación los pinta a ellos mismos de cuerpo entero. ¡A bajar del caballo, desmemoriados!

Ingredientes-Escalopines al vino blanco: 500 gramos de carne de ternera en filetes, 2 zanahorias, 1 calabacín, 1 cebolla, 1 puerro, 2 hojas de laurel, 1 copa de vino blanco, 2 ajos, sal, pimienta, aceite de oliva.

Preparación: Salpimentar los escalopes, poner en una sartén un chorrito de aceite y freír vuelta y vuelta. Reservar calientes. Picar las verduras. Echar en el mismo aceite, rehogar. Incorporamos el laurel, revolvemos, y dejamos pochar 10 minutos a fuego lento con la sartén tapada. Añadimos los escalopes, y rociamos con el vino. Revolver y dejar cocer 15 minutos.

COCINA DE LA EDAD DE PIEDRA

 

Muchas veces nos podemos a pensar en el pasado y en cómo era la vida hace miles de años. Qué hacían hombres de la Edad de Piedra, cómo vivían o qué comían. Tentado por esas dudas, el chef del restaurante Sauvage de Berlín, Alemania, creó el primer menú prehistórico del mundo.

En esa época, la alimentación era 100% saludable pues comían vegetales y frutas frescas, carnes no procesadas, semillas, hierbas, en fin un montón de productos que contenían grandes propiedades nutricionales.

En la actualidad, un gran número de personas están optando por una dieta más sana y una buena alternativa es la comida paleolítica o prehistórica, la cual no incluye granos y cereales, almidones, lácteos y azúcares.

Es decir, no forman parte del menú los panes, las pastas y arroces ya que, según Boris Leite-Poco, propietario de Sauvage, el trigo y otros granos de ese tiempo estaban diseñados para resistir al medio ambiente y no para ser digerido en el estómago humano

Una de las especialidades del restaurante son las ensaladas aderezadas con aceitunas y nueces de pino, los chefs para fortalecer su peculiar sabor emplean solo aceite de palma, coco y mantequilla clarificada.

El singular restaurante ostenta la categoría libre de gluten y entre los beneficios que ofrece su menú prehistórico destaca los aportes de energía calórica, reconstrucción de la piel, reducción de grasas, fortalecimiento de los dientes, huesos y el sistema inmunológico.

DE LA SELVA SU COCINA

Se presentó “Los Dioses de la Cocina del Perú” – Edición Selva. Se le rindió homenaje a Zully Moreno, madre de la culinaria selvática

Libros gastronómicos

Veintidós maestros de la culinaria amazónica están reunidos en el libro “Los Dioses de la Cocina del Perú” – Edición Selva, un texto que recoge no solo la historia de estos cocineros, sino también destaca la flora, fauna y rutas gastro-turisticas de la región San Martín.

El texto, lanzado por Grupo Gastronómico, es una edición bilingüe (español-inglés) de 120 páginas. Entre las figuras de la cocina del lugar, destacan María García de Reátegui de La Patarashca y Zully Moreno de El Rincón Sureño.

La presentación sirvió también para homenajear a Zully Moreno, conocida como la madre de la cocina amazónica y una de las principales propulsoras de la culinaria selvática.

LA HISTORIA DE MARIA CORONEL

 

Antonio Rendón Domínguez. En la calle Dª María Coronel se ubica el Real convento de Santa Inés, uno de los lugares de Sevilla donde hay más leyenda por metro cuadrado y con mas encanto. En él está enterrado, Dª María Coronel, que fue una bellísima dama de la nobleza Sevillana, casada con Dº Juan de la Cerda, al que Pedro  I el cruel venció, mando ejecutar y despojarla de sus bienes. Dª María Coronel ingreso en un convento para eludir el acoso del Rey, pero este entró disfrazado en la clausura de Santa Clara y Dª María huyo hacia la cocina donde  se arrojo sobre el rostro y las manos aceite hirviendo para destruir su belleza y defender su honra.  Impresionado por el hecho Dº Pedro dejó de acosarla y devolvió a Dª María unas casas en el  barrio de San Pedro, donde fundó el convento de Santa Inés.

  

En la calle de su mismo nombre se ubica el real Convento de Santa Inés, en el que se encuentra el cuerpo incorrupto de Dª María Coronel, situado en el coro de la Iglesia. Falleció el 2 de Diciembre del 1411, y se puede visitar todos los años el día  2 de Diciembre. Como conclusión final recordarles adquirir en el torno los famosos bollitos de Sta. Inés o cualquiera de los otros ricos dulces que elaboran artesanalmente las clarisas, siendo este el perfecto boche de oro final a una visita a la devoción, la Historia y las leyenda de Sevilla.

Fotos: Antonio Rendón Domínguez. 

 

ALEJANDRO DUMAS, EL GOURMET

¿Se imaginan al autor de ’Los tres mosqueteros’ metido entre fogones? Pues háganlo, porque Alejandro Dumas (1802-1870) era un cocinero de primera y un reputado gastrónomo. De su faceta como gourmet y sus recetas habla el libro ’Diccionario de cocina’ (Gadir), un libro precioso, con pocas pero bellas ilustraciones, que hará las delicias de los amantes de la literatura y de los estómagos refinados.
El escritor que alumbró ’El conde de Montecristo’ era nieto de un maître del duque de Orléans. Con esa genealogía no era extraño que a este novelista de desbordante curiosidad y cultura enciclopédica le diera por cocinar platos suculentos. Cuenta el poeta y dramaturgo Louis Bouilhet a su amigo Flaubert en mayo de 1858: "Dumas, en camisa, mete mano a la masa, hace una tortilla fantástica, dora la pularda.
Corta la cebolla, remueve las ollas y les da 20 francos a los pinches". Así era Dumas, un hombre apasionado que se colaba en la cocina del hotel donde se alojaba por el puro placer de preparar él mismo unas exquisitas viandas. También era dadivoso, a juzgar por las propinas generosas con que sobornaba a los pinches.
El libro que edita Gadir consta de una introducción de Dumas, a la que suceden toda una serie de recetas de platos solo aptos para paladares recios. Todavía no se había inventado la nueva cocina, y las raciones minúsculas que se ofrecen hoy en los restaurantes de postín debían de ser consideradas en el siglo XIX una grosería. Capón a la sal gorda, buey con guarnición de coles, pavo a las castañas son algunas de las propuestas del chef Dumas.
Sus notas están preñadas de erudición. Gracias a Dumas nos enteramos de que el gofre era "muy común en ciertas provincias", pero era poco degustado en París. Como todo buen francés, Dumas no se resiste al chauvinsmo: "La antigua cocina francesa brilla por los guisos; por su ausencia pecan al contrario todas las cocinas y sobre todo la inglesa". Y más adelante alardea: "Nunca otra cocina más que la nuestra estará a la altura de nuestras salsas picantes, no alcanzará la finura de nuestros guisos de pollo y carne blanca".
El siglo XIX fue una verdadera edad de oro para la gastronomía francesa, que, gracias a la defensa que hacen de ella la burguesía y la aristocracia, toma cuerpo y se impone a otras cocinas regionales. Reflejo de este aconteimiento es la presencia del arte culinario en la literatura, que atestiguan las obras de Balzac, Flaubert, Georges Sand, Maupassant. y, sobre todo, de Alejandro Dumas. ’El conde de Montecristo’, ’Los tres mosqueteros’, ’Memorias’ e ’Impresiones de viajes’ están trufados de pasajes gastronómicos dignos de figurar en una antología.
Dumas argumentaba que los escritores estaban especialmente dotados para ponderar las delicias de la ciencia gastronómica. "No hay nadie como los hombres de letras, habituados a todas las exquisiteces, saben apreciar mejor que nadie las de la mesa". En 1858, en la cúspide de su carrera literaria, abrigó la idea de rematar su obra con un gran diccionario gastronómico. Por desgracia, lo acometió once años después, cuando ya estaba enfermo y disponía de pocas energías. Su obra más sabrosa la emprendió un año antes de morir. Esta es la razón que explica que no llegara a ver nunca publicada la obra, por lo demás muy ambiciosa. Como explica Javier Santillán, editor de Gadir, el grueso del ’Diccionario de cocina’ de Dumas "se basa en su prodigiosa memoria, su gran experiencia viajera y su saber acumulado durante tantos años".
 
Interesante y ameno
Dada la envergadura del proyecto y la extensión original de la obra, Gadir ha hecho una selección de lo más interesante y ameno para el lector actual. Las recetas que se ofrecen son las más susceptibles de ser llevadas a la práctica. La primera parte de la obra -’Algunas palabras al lector’- es una pequeña historia de la cocina. El exordio es una exhibición de cultura e historia culinaria y cuenta con pasajes divertidos. En su repaso histórico de la gula, Alejandro Dumas cuenta: "El emperador Claudio Albino se comió un día, para almorzar, quinientos higos, cien melocotones, diez melones, cien papafigos y cuatro docenas de ostras". Si de de verdad ocurrió así, la bulimia de hoy en día es un juego de niños.
Puestas frente a frente Atenas y Roma, para Dumas la cuna de la democracia cae derrotada por su flojera en materia de caldos y pitanza. "Atenas, pese a sus vinos dulces, sus frutas, sus flores, su pastelería, sus postrea que ahogan la comida, nunca tuvo aquello que los romanos llamaron alta cocina".
El diccionario está repleto de anécdotas encantadoras y juicios controertidos, algunos de los cuales dejan en muy mal lugar a los españoles. Dumas es muy duro con los pobladores de solar nacional por su costumbre de almacenar el vino en pellejos. En ellos el vino se resecaba tanto que había que rascar y disolver el líquido coagulado para trasegarlo. "En España todavía se conserva así, lo cual le da un sabor abominable que los españoles pretenden comparar a un buqué tan apetecible como el de nuestro borgoña o nuestro burdeos".
He aquí un libro grato y bienhumorado, práctico y enjundioso a la vez. Eso sí, quien se atreva con las recetas del novelista tendrá que orillar su sesgo francés. Cosa bien fácil: basta sustituir la mantequilla por el aceite de oliva, mucho más cardiosaludable.

COCINA GALLEGA

Por: Manuel Corral - Xunta de Galicia - España

Cuando se habla de ostracismo o destierro, generalmente pensamos en la Antigua Grecia, donde era común este tipo de pena que el Estado podía imponer a una persona por haber cometido un delito o una fechoría, o porque su presencia era considerada perniciosa o peligrosa para el resto de la sociedad. La pena era considerada tan grave que se ubicaba inmediatamente debajo de la pena de muerte, de hecho, el incumplimiento de la pena de destierro se sancionaba con la muerte. Sin embargo, el destierro podía ser temporal o perpetuo, de acuerdo a la gravedad de la ofensa. Claro que es difícil recorrer la historia de España sin encontrar reiterado el término exilio o expulsión.

Como muestra podemos mencionar la expulsión de los judíos en 1492, o de los moriscos en 1609. El amor de los sefardíes por su patria española está simbolizada por la tradición de conservar la llave de su casa (a la que soñaban volver) y mantener el idioma (ladino, o castellano antiguo), su música y su gastronomía en el exilio forzado, cruel y definitivo.

Se repitieron expulsiones (de los ‘afrancesados’) en 1814, de los liberales, en 1823, de los republicanos en los aciagos días que siguieron a la Guerra fratricida de 1936, con especial crueldad en casos como en el de los denominados ‘niños de Rusia’. A esta altura, de todas maneras, nadie duda que la expulsión de enormes contingentes de población bajo el término de ‘emigración’ es asimilable al de exilio, aunque se insiste en que exiliado es toda persona que tuvo que salir del país por serias razones políticas, y emigrado el que lo hace por razones económicas, como si el mismo hecho de la emigración masiva no denunciara el fracaso de una política económica, o la intencionalidad de la misma para atacar a un grupo social determinado, y obligarlo a irse.

En un interesante ensayo, Noe Jitrik intuye en los conquistadores españoles a verdaderos exiliados, hombres y mujeres obligados a emigrar por razones diversas. Dice que los llamados ‘conquistadores’, fundadores de ciudades o simples soldados de fortuna, se decidieron por iniciar tamañas y peligrosas empresas porque, por una razón u otra, la Inquisición, la miseria, el desamparo, no podían seguir viviendo en España, y al llegar a su destino (de destierro) se encontraron con quienes no habiendo sido exiliados (los indígenas), lo fueron después de su llegada.

Estos conquistadores, estos pioneros de las masivas emigraciones, se quedaron para siempre, y su exilo se convirtió en otra cosa, en el mejor de los casos en una nostalgia por una tierra perdida, que ni siquiera había sido del todo propia. Jitrik ve este exilo a América como una herencia de los españoles, junto al idioma y la cultura en general, y analiza las expulsiones y destierros en la historia argentina. En la larga y lógicamente incompleta lista, que incluye a Echeverria, Mármol, Mitre, Perón, Puiggros, Orgambide, Rosas, Eloy Martínez, Gelman, o Daniel Moyano, se intuye siempre un fondo de frustraciones y un sentimiento de pérdida, fueran cuales hayan sido las razones para irse del país en cada caso. Compromiso militante, riesgo de muerte, imposibilidad de trabajar; en definitiva las razones para emigrar, desterrarse, siempre son tantas como las situaciones y sentimientos individuales. En este contexto, afirma Jitrik, no se puede ignorar que hubo tradicionalmente exilios elegidos, de Manuel Ugarte a principio de siglo XX, de Julio Cortázar, de Daniel Devoto, de Rodolfo Wilcock, de César Fernández Moreno, de Juan José Saer, de Manuel Puig décadas después, y de muchos más, la nuevas camadas que escriben en Europa (Clara Obligado, Andrés Neumann) que algo tuvieron que ver con la formación del cuerpo llamado literatura argentina, precedidos, desde luego, por algunos que hicieron historia, como Mariano Moreno, a quien el exilio se le acabó apenas había comenzado, San Martín, que si bien no era escritor, su mito abrió ríos de tinta, o Alberdi, que escribió infatigablemente y cuyos escritos tal vez no incidieron en la literatura –Sarmiento se lo llevaba todo– sí lo hicieron en la conciencia nacional.

Exiliados o emigrados, a nosotros, ¿España nos quiere fuera, lejos, olvidados, apátridas? Las reformas en la ley electoral que afecta el voto en el extranjero parecen indicar que ese es el sentimiento de muchos políticos; la escasa participación de los inscriptos en el CERA les habrá alegrado la mañana post-electoral. Ni siquiera importa que entren en la misma bolsa quienes tuvieron que dejar su patria hace 50 años, los que emigraron a Francia, Suiza o Inglaterra en la década del 70, los que llegaron aquí para quedarse con las empresas españolas en la era Menem, y los ¿emigrados? que llegan ahora mismo arrastrados por la fenomenal crisis económica que arrasa a toda Europa, y a España en particular. No parece buen momento para seguir expulsando ciudadanos, sino para respetar sus derechos, empezando por el derecho a voto sin restricciones, y por crear una o varias circunscripciones en el extranjero. Hay que sumar, no restar. La visión de aquellos que bajaron de las pequeñas naos de madera, logra que millones de personas, un continente, hablara castellano o portugués (herencia da nosa doce lengua galega); la miopía y egoísmo de ciertos dirigentes desdeña semejante patrimonio. Huelgan las palabras, vamos a la mesa.

Ingredientes-Mero al horno: 1½ de mero en filetes, 1 cebolla, 2 dientes de ajo, 1 cucharadita de perejil picado, 1 cucharadita de pimentón, jugo de un limón, 4 cucharadas de aceite, 50 gramos de pan rallado, sal, 500 gramos de papas.

Preparación: Limpiar el pescado, salarlos y colocarlos en una fuente de horno y rociar con el jugo de limón. Aparte, en una sartén, rehogar la cebolla bien picada. Cuando esté tierna agregar los ajos, retirar del fuego e incorporar el pimentón. Verter sobre el pescado, espolvorear el pan rallado y llevar a horno 180° por 25 minutos. Servir con ensalada de papas y perejil picado.

LIMA CIUDAD MILENARIA - HUACA SAN ANTONIO

PAMELA SANDOVAL DEL ÁGUILA

La huaca San Antonio, en el extremo este del campo santo Mapfre de Huachipa, esconde en sus entrañas una estructura piramidal, de 60 metros de ancho por seis de alto, cuya construcción se remonta a unos 4.200 años de antigüedad. “El mismo período de la ciudadela Caral, pero en el valle del Rímac”, observa admirado el arqueólogo Jonathan Palacios, quien realizó el descubrimiento tras dos meses de exploración inicial, en setiembre y octubre, pero casi 30 años de interés académico.

Las excavaciones, que de momento permiten ver apenas unas escalinatas y parte de la base de la pirámide, se realizaron para ubicar la puerta principal del templo en U, que es la actual huaca San Antonio. Para ello, se contó con un fondo de US$60.000, del Instituto de Cultura de la Fundación Mapfre.

“Pensamos que hallaríamos el ingreso [al templo en U], pero descubrimos una pirámide anterior, levantada durante el Precerámico Tardío”, explicó Palacios a la alcaldesa de Lima, Susana Villarán, quien visitó ayer la huaca, junto al presidente ejecutivo del grupo Mapfre, Renzo Calda; el subgerente de Cultura, Pedro Alayza; y un equipo de este Diario.

FARDOS FUNERARIOS
Según Palacios, se hallaron 50 fardos funerarios cerca de la pirámide. El más sorprendente tenía un plato de hierro –con restos de comida– sobre el rostro. También se recuperaron restos de cerámicas, textiles y herramientas.

“Para nosotros, ha sido una suerte que el recinto se ubique en nuestra propiedad, que ya ha sido consagrada al Ministerio de Cultura. Un descubrimiento de este valor es bueno para los peruanos, es bueno para Lima, para Mapfre, para todos”, comentó Calda, quien garantizó que su fundación seguirá financiando las excavaciones.

LIMA CIUDAD MILENARIA Y EL MAR

Por: NELLY LUNA - Una de las certezas que se tienen de los hombres que habitaron estos valles entre los años 200 y 600 de nuestra era es su estrecho vínculo religioso y económico con el mar. Se sabe que eran excelentes buceadores (se han hallado huesos de oídos alterados); que su dieta era sana (basada en una amplia variedad de frutas, vegetales y peces); que eran buenos comerciantes (hay objetos moche y nasca entre sus pertenencias); y que sus deidades eran marinas (las ofrendas humanas y vasijas están todas orientadas al oeste). Había un culto, sin embargo, que sobresalía en importancia: en los últimos años la arqueología nos ha revelado que los antiguos limeños adoraban a una especie distante y feroz: el tiburón.

EL MAR: RICO Y DIVINO
“Por la frecuencia de la representación en la cerámica y ofrendas, yo creo que esta especie fue muy importante para el culto; es probable que muchos de los pescadores de esta civilización que dependía en parte del mar hayan visto en varias ocasiones a este animal mar adentro”, dice Isabel Flores, arqueóloga que ya lleva 30 años estudiando la huaca Pucllana. Según sostiene, esta es el centro ceremonial y administrativo más importante de la civilización limeña que habitó este valle entre los siglos II y VI, período que se conoce como el de la cultura Lima. En las excavaciones en Pucllana, en el distrito de Miraflores, se han encontrado también muchos dientes de tiburón.

Hallazgos similares se han registrado en la huaca Huallamarca, otro de los centros ceremoniales que los limas ocuparon, aunque solo como cementerio de la elite política. La arqueóloga Clide Valladolid, que ha investigado la zona en el distrito de San Isidro, describe las características de las cerámicas encontradas con rasgos de tiburones: tienen rostros feroces y los dientes expuestos. “Me da la impresión de que este culto regía el orden social. Un gran porcentaje de la población eran pescadores y el tiburón infundía miedo”, concluye la investigadora.

EL MIEDO Y EL PODER
El miedo es fundamental en las sociedades teocráticas. De ahí que en las cerámicas encontradas el tiburón exprese un rostro feroz y una gran boca abierta dentada. Tanto Clide Valladolid como Isabel Flores coinciden en que la cultura Lima estuvo gobernada por sacerdotes cuyo dios principal pudo ser el animal marino, pero no descartan que hubieran existido otros dioses, como la Luna. “Ellos tenían el poder, organizaban y recibían los tributos de la población, vivían en los centros ceremoniales como Pucllana y, periódicamente, convocaban aquí a toda la población [compuesta de agricultores, pescadores, artesanos y tejedoras] para sacrificios, ceremonias religiosas o sociales”, dice Flores.

Para la arqueóloga Valladolid, la territorialidad y el linaje ya eran fundamentales en la organización de los limas: “Me parece que cada grupo familiar tenía a un jefe, y todos ellos estaban sometidos a un sacerdote”. Esta organización fue poderosa y les permitió desarrollar una compleja red de caminos que los conectaba con las culturas vecinas, la Moche en el norte, y la Nasca, en el sur. Los caminos intensificaron el comercio, pero también los flujos migratorios. Los limeños de aquellos siglos eran –como hoy– mestizos. “El clima cambiante en otras zonas y las riquezas de este valle atraían a los migrantes”, sugiere Flores.

¿En qué consistía la organización política y social encabezada por los sacerdotes?
No sabemos los detalles, falta mucho por investigar. Lo que no creo es que haya existido un sistema parecido al esclavismo, pero sí una organización muy sólida. Para determinar si existía algún vínculo familiar entre las autoridades que ejercían el poder político y religioso estamos haciendo estudios de ADN en las tumbas, así podremos determinar más adelante si existieron relaciones familiares entre las tumbas múltiples que hemos encontrado, responde Flores.

FALTA INVESTIGAR
A pesar de las excavaciones realizadas en Pucllana y Huallamarca, aún falta mucho por entender y conocer de los limas: no se sabe cuántos fueron ni los detalles de su organización. Dos de las huacas que guardan los secretos de esta antigua civilización son las de San Marcos y Maranga, cuyas ocupaciones corresponden a este período. “Nosotros hemos investigado la parte de la ocupación ichma [previa a los incas], pero todavía conocemos muy poco sobre la función que cumplieron o la relación que tenían con los otros centros ceremoniales en la época de la cultura Lima”, explica la arqueóloga del complejo Maranga, Lucénida Carrión.

Lo mismo ocurre con la huaca San Marcos, que se ha visto cercenada por el olvido de las autoridades y la ampliación de la avenida Venezuela. “Falta invertir”, reclama Isabel Flores. Ella y Clide Valladolid insisten en la importancia de investigar la cultura Lima, pues constituye una pieza fundamental para entender el desarrollo de las otras sociedades en estos valles, así como la posterior ocupación de los señoríos y los ichmas”. Sin presupuesto para la investigación arqueológica, los conocimientos de la cultura Lima que guardan estas huacas podrían permanecer para siempre sepultados.