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CENTRO DE INVESTIGACIÓN DE LOS ANDES

RECORDANDO A SANTI SANTAMARIA

 
Joder, qué gran hombre-chef con sabias manos para la cocina, y siete merecidas estrellas Michelín adornándole el pecho y la trayectoria, que se nos ha ido, vía Singapur, mucho antes de tiempo, quitándonos el apetito, dejándonos helados sentados a la mesa puesta, y haciendo que nos revisemos todos, por la saludable vía de urgencia, el peso de más, el colesterol, la flora intestinal que tenemos mareada perdida, el menú sobrado de calorías que seguro que hemos confeccionado para ir pasando la noche, y las pulsaciones que nos acompañan, por minuto, al ritmo que les da la real gana.
Estuvo una sola vez en Murcia, en octubre de 2009, para abrir en Cajamurcia el ciclo 'La nueva Torre de Babel', dejándonos a todos con la boca abierta hablando de 'Cocina para tiempos de crisis', y el caso es que perdió el móvil, perdió la cartera, perdió las gafas de sol, perdió los papeles de un negocio gastronómico para firmar que estaba ultimando, extravió la chaqueta, no perdió su cabeza lúcida de milagro y, definitivamente, lo que sí que únicamente no perdió en esta ciudad Santi Santamaria -sin acento en la i-, a quien le mando un abrazo triste a donde quiera que esté, es el apetito, la afición al buen comer, en perfecta armonía con el buen beber, y la cara de felicidad que se le ponía compartiendo una dichosa comida. Le gustaba comer, le gustaba compartir experiencias, le gustaba la vida y se movía por ella, con sus más de cien kilos largos, que él mismo reconocía que le pesaban ya demasiado, con una pasión tan desbordante como su cuerpo.
Un infarto lo fulminó hace unos días durante uno de sus viajes por el mundo, que se bebía a tragos de los mejores vinos, y devoraba sin dejarse un solo sabor marginado, sin prisas pero también sin demasiadas largas pausas.
Joder, hablamos con él, durante la exquisita cena de la que no quedó ni una migaja sobre el mantel, precisamente de lo feliz que estaba como un niño grande haciendo realidad su deseo de abrir un restaurante en el lujoso complejo de Marina Bay Sands. Allí se ha apagado.
En julio hubiese cumplido 54 años, brindemos en su honor, tras una bien regada comida mediterránea como Dios, Valentín Fuster, y los doctores de aquí Juan Madrid y Manuel Molina Boix mandan, porque su cocina ha hecho historia y, de paso, felices a muchos afortunados comensales.
Tenía esa manía: hacer feliz a la gente todo lo que podía; era servicial, cercano, rotundo, curioso. Claro que sabía que no vivimos en el mejor de los mundos posibles, y que, con Ferlosio y sin Ferlosio, 'vendrán más años malos y nos harán más ciegos', pero defendía que había que estar preparados, para lo mejor y para lo peor, teniendo el estómago contento y no faltándonos gente querida para la que poder cocinar con placer. Familia. Amigos. Algo.
El equipo joven que dirige la cocina del Rincón de Pepe quiso agasajarle como se merecía, y él, agradecido, les brindó su experiencia, sus consejos nada pedantes, les invitó a su vez a visitarlo a mesa puesta en su restaurante-santuario de Can Fabes, y se lo comió todo de principio a fin, que no quedó una almendra a salvo.
Daba ánimos verle disfrutar, mientras quiso ser él quien sirviera las viandas en nuestros platos. Ya estaba tranquilo, una vez recuperados de un taxi, la sala de conferencias, el perchero de una cafetería y un sofá de su propio hotel, ¡el móvil, la cartera, las gafas de sol, su chaqueta y los citados papeles de un negocio gastronómico para firmar!, y comenzó el festín: hueva de mújol, quisquillas de Santa Pola, langostinos del Mar Menor, salmonetes, panaché de verduras salteadas con virutas de jamón ibérico, cabrito a la murciana, y una tarta suave que incluía crema de almendras y helado de vainilla.
Lo pienso y se me hace la boca agua. Lo pienso y me da pena Santi Santamaria, su repentina muerte. Abrupta. Él también lo parecía a veces, algo abrupto, por su abundante aspecto fiero, pero qué va: era un caballero, al modo clásico y un punto bonachón de Holly Martins en 'El tercer hombre'; y, más en el fondo que en la forma, era un tierno, uno de esos tipos que hubieran disfrutado sustituyendo a Robert Redford en el lavado literal de cabeza que le hace a una extasiada Meryl Streep en pleno corazón de África. Lo que pasa es que Santamaria hubiera aprovechado la ocasión para darle de merendar, y así ir abriendo boca, aunque hubiera sido una de las manzanas pintadas por Durero en su 'Adán y Eva', o alguna de las que alegran con su sabor nada 'deconstruido' la hermosa 'Oda al otoño' que escribió John Keats.
El astronauta Pedro Duque ha dicho en Murcia que para triunfar se necesita «ambición, esfuerzo, eficacia y salud de mente y corazón». A Santamaria le ha fallado lo último. Fue un cocinero muy sabio, y decidió vivir a su modo: contundente en todo, excesivo a veces, nada dispuesto a ver pasar la existencia tomándose sólo un café solo. Se tomaba pero que muy en serio, al igual que a su gente, a la que adoraba, lo de «danos hoy nuestro pan de cada día». Eso, eso, que no nos falte el pan.
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