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CENTRO DE INVESTIGACIÓN DE LOS ANDES

LOS CHIFAS

La inmigración china y los chifas

Por: Mariella Balbi

El Comercio – Rincón del Autor.

El agridulce, expresado en el legendario plato llamado camarones al tomate, los sedujo hasta rendirse y hacer que el racismo y la bronca se disolvieran totalmente

En octubre de 1849 llegaron 75 colonos chinos al Perú para suplir la carencia de mano de obra en las haciendas algodoneras y azucareras de la costa. La esclavitud había sido abolida y la falta de brazos para trabajar el campo era un verdadero problema nacional. Esto ocurrió hace 156 años, pero no podemos decir con exactitud cuándo se instalaron en la calle del Capón, la que ya existía en el diseño virreinal de la ciudad. Su nombre se debe a que allí se beneficiaba animales y no porque los inmigrantes chinos decían que venían de Cantón, como hemos leído en estos días.

Un estudio de este importante contingente de trabajadores (la segunda inmigración más numerosa luego de los españoles) nos revela que lograron reproducir su cocina prácticamente al 100%. Importaron los insumos necesarios y también desde antaño se preocuparon por sembrar las verduras más sofisticadas, encontrando una tierra muy fértil que evita los problemas de estacionalidad: en Lima se encuentra casi todo, todo el año.

No se puede determinar cuándo se instalaron estos migrantes en lo que hoy se llama el Barrio Chino. La primera noticia sobre ello figura en El Comercio del 2 de mayo de 1859. El entonces juvenil periódico detalla la presencia de "hasta trescientos culíes que celebraban el culto Fok (o For)" por la calle del Capón. Había muchísimo racismo contra ellos y se les achacaba ser insalubres, además de comer ratas, gatos, etc. Sin embargo, en la Lima de antaño se produjeron muchas epidemias, nunca en el Barrio Chino. La animadversión fue in crescendo conforme progresaron económicamente (llegaron a tener banco y compañía de vapores en la segunda década del siglo XX).

Las cosas hubieran terminado mal --la hostilidad era grande-- y tal vez de manera similar a la brutal y estúpida persecución de la que fueron víctimas los inmigrantes japoneses durante la Segunda Guerra Mundial. La detuvo la apertura de "chifas" en la calle del Capón como restaurantes abiertos al público. Las clases altas enloquecieron con su propuesta gastronómica. El agridulce, expresado en el legendario plato llamado camarones al tomate, los sedujo hasta rendirse y hacer que el racismo y la bronca se disolvieran totalmente. Desapareció por arte de birlibirloque.

La pregunta de moda era: "¿Has ido a los chifas de la calle del Capón?". Si la respuesta era no, resultaba indicativa de que quien respondía "estaba en nada". No conocemos otra inmigración que se haya integrado a la sociedad por la comida. Además, iluminaron la cocina peruana que incorporó el sillao, la cebollita china y otros a la vida cotidiana. Pero no se piense, por favor, que la gastronomía peruana influyó en una cocina milenaria como la china. Menos con el arroz chaufa, cuyo nombre original es arroz cantones. El gusto peruano y la preparación de lo chino por nacionales es otro cantar sobre el que no nos pronunciaremos aquí.

EL PISCO SAUER EN CALIFORNIA

Por: Fernando Neumann
INTERESANTE ARTICULO.... PERO EL HISTORIADOR GUILLERMO TORO-LIRA (COMO MUCHOS) SE EQUIVOCA DE LLLAMAR "PISCO SOUR" AL "PISCO SAUER"
 
PISCO EN CALIFORNIA, un poco de historia
EL PISCO EN CALIFORNIA I

Pisco es el nombre del bar que en mayo del 2008 abrirá sus puertas en el corazón de San Francisco. 'Es un nombre buenazo', dice el chef estadounidense James Schenk, artífice de la idea. Pero pisco es más que un nombre buenazo. Pisco es una palabra complicada, es un pájaro, es una rara botella de barro, es un puerto peruano, es un pueblo chileno, es un aguardiente destilado de jugo fermentado de uva original del Perú, que también se prepara en Chile, ergo, fuente actual e infinita de disputas comerciales y emotivas entre ambos países. La idea de James Schenk no es solo la de aprovechar la polisemia del pisco que, a paso lento y conflictivo, se ha empezado a extender por el mundo. La idea es también rescatar un poco de la historia de California. La idea es recuperar la magia del Bank Exchange and Billiard saloon, el bar más importante de San Francisco entre 1953 y 1920. La idea es revivir el que otrora fue el trago insignia de la ciudad: el Pisco Punch. Porque, en San Francisco, a mediados del siglo XIX y principios del siglo XX, se tomaba pisco. Pisco del Perú. Con el perdón de los chilenos California era todavía colonia española, una suerte de patito feo del virreinato de Nueva España, cuando la Madre Patria se vio remecida por dos hechos importantes: Napoleón se había metido en su territorio y los criollos querían la independencia en el suyo. En medio de tanto caos, la pobre California cayó en el olvido. Fue entonces que desde el sur, los peruanos, que no siempre fueron tan malos para los negocios, pusieron el ojo en la bala, lo arriesgaron todo, y empezaron a comerciar con el patito feo del norte.

¿Qué buscaban? Dos cosas: Cebo para velas y pieles. Elementos fundamentales para la minería, espinazo de la robusta economía peruana de ese entonces.

¿Qué llevaban? Productos de primera calidad y artículos de primera necesidad.

¿Pisco? Por supuesto.

En Perú se venía haciendo desde el siglo XVII. Al ver que el business mejoraba, los yanquis, que todavía se encontraban bien apretados al este, y que estaban fregados porque Inglaterra ya no quería negociar con ellos, decidieron abrir nuevas rutas comerciales con California y con China a través del Cabo de Hornos. El patito feo empezaba a convertirse en cisne.

José Antonio Shiaffino, chef e investigador peruano, sostiene que lo más probable es que le pisco haya llegado a California a través de los peruanos que emigraron contagiados por 'la fiebre del oro', a bordo de los barcos que venían desde Nueva York abarrotados de yanquis aventureros, sedientos de pepitas y oro en polvo. Sin embargo, lo cierto es que la primera importación documentada de pisco a California data de 1830. Y, la más importante, fue la que llegó a San Francisco desde Paita, un puerto al norte del Perú, en 1839, en el buque inglés 'Daniel O'connell'. El capitán: Andrés Morcilla. La carga descrita: Pisco o Italia, un fino licor producido en un lugar llamado Pisco (ciudad peruana); sombreros de vicuña (chuyos: gorros de lana utilizados por los pobladores andinos) y ponchos. Todo esto, nueve años antes de que, Samuel Brannan, corriera feliz por las calles de San Francisco con una botellita llena de oro en polvo en las manos, dándole inicio a 'la fiebre del oro'.

El 'brandy peruano', así le llamaban en ese tiempo, llegaba en unas botellas de barro de 2.5 a 3 galones llamadas piskos, diseñadas por los alfareros de un pueblo preincaico del mismo nombre para su transporte a lomo de llama. Dos preguntas de rigor. Uno: ¿A dónde iba a parar el pisco que llegaba a San Francisco? Y dos: ¿quién empezó a preparar ponches con pisco? Respuesta 2 en 1:

En 1837, el suizo, ex-marino, barman y autodidacta, Jaques Vioget, llegó a establecerse a California, en ese entonces ya parte del México recién independiente. Con suerte recibió en concesión unas tierras del gobierno en un pueblito llamado 'El paraje de la yerba buena'. Como no había mucha gente en el lugar (menos de mil habitantes), el suizo se transformó en el primer agrimensor de la zona. Trazó y nombró algunas las primeras calles de la futura San Francisco, dibujó un mapita y, al ver que no había lugar donde divertirse como Dios manda, abrió el primer bar, salón y billar de la ciudad. En su lista de tragos figuraba el pisco como un licor exótico venido de tierras lejanas. Cinco años más tarde, en 1843 para ser exactos, llegó la enfermera y curandera peruana María Torres. En realidad, llegó gracias al capitán Stephen Smith, que se casó con su hija en el Perú y se las trajo a California.

Al momento de buscar tierras donde establecerse, se cruzaron con Jaques Vioget y le compraron unos terrenitos muy cerca de su bar. María Torres pronto se hizo conocida entre los vecinos y marineros de paso con un ponche de leche a base de pisco y con una bebida que llamaba 'las once' compuesta de pisco, agua, azúcar, limón y, piña. Atar cabos. Inevitable. Cuando se desató 'la fiebre del oro', California que, previa guerra y firma de tratado, ya era parte de Estados Unidos, se convirtió de un día para otro, en un hermoso cisne dorado que atraía el interés de todo el mundo. La inmigración no se hizo esperar. Estadounidenses, mexicanos, peruanos y chilenos, fueron los primeros en llegar. Después los europeos, los australianos y los asiáticos se unieron a la histeria dorada. Todos querían un pedazo de río, un túnel que los hiciera millonarios. Los barcos arribaban por decenas cargados de productos y aventureros. El comerció creció como nunca antes. El pisco, que ya tenía un lugar ganado, empezó a importarse con más fuerza que nunca. En 1849, en el periódico Alta California, aparecen sendos avisos en los que se habla de cargamentos de pisco que llegaban a bordo de barcos peruanos.

EL PISCO EN CALIFORNIA II

Si hay dinero hay ideas. Si hay ideas hay proyectos. Si hay proyectos hay ganas de gastar. San Francisco tenía las cuatro cosas y algo más: Ganas de beber. El Bank Exchange and Billiard Saloon abrió sus puertas en 1853. Desde un principio fue el bar más importante de la ciudad. Tenía el piso de mármol de Carrara, una barra impresionante de caoba y una invaluable colección de óleos decorando sus paredes. Se encontraba ubicado en una de las esquinas del Montgomery Block, el edificio más alto de la costa oeste. Revolución arquitectónica de su tiempo: Cuatro pisos, antisísmico, a prueba de incendios. Lawrence Ferlinghetti, el último Beat vivo, se refirió a él como 'la estructura artística y literaria más famosa del Oeste'.

En el Bank Exchange no solo se daban cita los artistas más famosos de la época. Jack London, Rudyard Kipling y Mark Twain, por nombrar algunos. Si no que, a falta de una bolsa de valores oficial, los banqueros más importantes lo utilizaban como centro de reunión. Los ponches de pisco eran la especialidad de la casa. En ese tiempo las bebidas alcohólicas se caracterizaban por su carácter dulce. El Buck and Breck y el Button Punch fueron los primeros en aparecer en escena. Pero con la llegada del Pisco Punch se alcanzaría la cresta de la ola etílica. 'El primer vaso me convenció que San Francisco era, y lo es, un gran lugar para visitar. El segundo vaso fue suficiente, y sentí que podría confrontarme a la viruela, a todas las fiebres conocidas a la facultad humana, a la cólera asiática, o todas combinadas, si así tuviera que ser.'

Dijo Thomas W. Konx: 'Pasaba como limonada, pero estimulaba el espíritu como una patada de toro salvaje', comentó Robert O'Brien: 'Po´ría hacer que el más pequeño de los mosquitos peleara contra un elefante', escribió Pauline Jacobson en su artículo de 1912 'A Fire-Defying Mark'.

Sobre el creador del Pisco Punch, los historiadores no se ponen de acuerdo. Se debaten entre dos de los ocho dueños que desfilaron a lo largo de la historia del Bank Exchange. El motivo de los desencuentros: un apodo: Pisco John. Así se le llamaba al barman que servía el Pisco Punch. Por ello, el primer sospechoso fue John Torrence, segundo dueño del bar. Pero más allá de la asociación John-John, no hay pruebas claras de que Torrence haya sido Pisco John. En realidad todo apunta a que el dueño del apodo y de la formula original fue el escocés Duncal Nicol. La prueba surge de los directorios telefónicos de la época. San Francisco fue la primera ciudad de Estados Unidos en implementar un sistema de intercambio telefónico, operadora de por medio. En ese entonces, los números telefónicos estaban compuestos por dos partes: una alfabética y otra numérica. El historiador peruano Guillermo Toro-Lira autor del libro 'Alas de los querubines, crónica novelada del redescubrimiento del Pisco Punch', descubrió en el directorio telefónico de febrero de 1903 que Duncan Nicol y el Bank Exchange compartían el mismo número: John 3246.

Lo cierto es que el Pisco Punch, un trago caro para su tiempo, 25 centavos el vaso, sinónimo de poder, suerte de pasaporte para un círculo intelectual y social al que no cualquiera podía acceder, le debe gran parte de su éxito al secreto inexpugnable de su fórmula: 'Ni el mismo señor Volstead podrá sacar el secreto de mí', afirmaba Duncan Nicol orgulloso. Y aunque se conocen sus ingredientes básicos: pisco de tipo italia, piña, jugo de limón, goma arábica y agua destilada, nunca se ha encontrado la receta original que, se sabe, tenía un ingrediente ultra secreto. ¿Cocaína? Más que factible. En ese tiempo la cocaína acababa de ser sintetizada y se usaba en todo y para todo. Sin embargo, el reino del polvo angélico duró poco. En California fue prohibida en 1907, cuando Duncan Nicol y el Pisco Punch se encontraban en la cresta de la ola. Quizá fue esa combinación de ilegalidad y miedo a perder lo logrado lo que llevó al barman escocés a convertir su receta en el más preciado fantasma etílico de la época.

EL PISCO EN CALIFORNIA III

El pisco, el ponche y el Bank Exchange terminaron su reinado californio de un día para otro. Ley Volstead que, en 1920, prohibió la producción, el consumo y el transporte de alcohol en todo Estados Unidos, se encargó del asunto. El Montgomery Block fue demolido en 1959. En su lugar se levanta hoy la Transamerica Pyramid. Edifico largo, flaco, blanco y aburrido. Puesto ochenta y ocho en el ranking de altura. Posición privilegiada en el skyline de la ciudad. En una de sus columnas hay un plaquita conmemorativa que nadie lee. Inútil intento de hacer justicia.

Sin embargo, en los últimos años se ha empezado a desempolvar la historia. En la actualidad, el pisco peruano y el pisco chileno comparten anaqueles en las tiendas de la cadena BevMo (Beverages and more). Unos al lado de los otros. Quietecitos. Como si no existiera rivalidad alguna. Pero los que saben, notan al instante, con el perdón de los peruanos, que hay más pisco chileno. Una única y estoica botellita de Montesierpe se sostiene orgullosa entre sus pomposas y elegantes rivales chilenas. Queda claro quién está ganando la disputa comercial en el extranjero. Más si el pisco chileno va ganando la disputa comercial, el pisco peruano va ganando la disputa histórica. Este año, durante los meses de febrero y marzo, en la Biblioteca Central de San Francisco se presentará la exhibición: 'Pisco: Miracle and Benison'. En las primeras líneas del volante repartido a los visitantes se puede leer: 'El Pisco Punch estuvo largamente asociado con San Francisco, pero las raíces de este trago se encuentran en Perú.' Salud, bombardas y alegría.

El chef James Schenk, sentado en una mesa en Destino, el bistró latino que abrió con mucho éxito hace siete años, presiente el éxito de su nuevo proyecto. El bar Pisco tendrá el piso de mármol blanco de Carrara y la puerta será una copia fiel de la del Bank Exchange.. Es sus paredes de desplegará orgullosa, en fotografías, artículos y afiches, la historia del pisco en California. Se harán eventos para difundir el aguardiente de uva peruano. En la lista de tragos, bajo el título, 'Mi nombre es Pisco, mi apellido Perú', el Pisco Punch en la versión del historiador peruano Guillermo Toro-Lira será el trago principal, pero no el único. Habrá también pisco sour, maracuya sour, acai amor, pisco pop, chichabana, Tamarindo sour, piscola y sideways sour.

No se puede negar. El pisco peruano renace, con pereza, con lentitud, pero renace. 'Hace poco estuve en Nueva York y en un bar encontré Pisco Punch, era el segundo en la lista de tragos', comenta James Schenk emocionado. Sin embargo, en general, los gringos aún lo desconocen. Cuando se encuentra a alguno que lo ha probado, es seguro que atrás hay un peruano o un chileno haciendo campaña nacionalista. De alguna manera, el pisco y el fútbol peruano se parecen mucho. Ambos han tenido un pasado glorioso en blanco y negro, pero, en el colorido presente, no pasan aún de ser una promesa, de tener mucho potencial. No se puede negar. Pisco es una palabra polisémica. Es un nombre buenazo. Es un ave. Es una rara botella de barro. Es un pueblo de alfareros preincaico. Es un licor peruano. Es un licor chileno. Es un lugar en ambos países. Es una fuente inagotable de diputas comerciales y emotivas. Es un bar en el futuro próximo de San Francisco. Es un bar y un trago insignia en su pasado intenso. Sin embargo, solo el tiempo dirá si San Francisco quiere volver a tomar pisco peruano del Perú. Con el perdón de los chilenos.

 *Agradecimiento especial al historiador peruano Guillermo Toro-Lira

LA FEIJOADA

La Feijoada

Discusión enviada por: Débora Femenia Montero

Fuente: www.grupobrasil.com

Feijoada acompañada de arroz, naranjas, caipirinha, etc

La Feijoada

Costumbres

En Brasil, los días tradicionales para tomar feijoada son los miércoles y los sábados. En esos días, los restaurantes la ofrecen en los menús, y algunas familias y grupos de amigos prepara feijoadas en diferentes reuniones informales. Es un plato relativamente barato y es consumido por casi todas las clases sociales. Debe pensarse que junto con la Caipirinha, la samba y el Carnaval de Brasil son los elementos más conocidos internacionalmente de Brasil.

Historia

Los portugueses llevaron recetas para Brasil, con ingrendientes como la oreja, el morro, el rabo y la lengua de cerdo; por lo que se extendió el uso de este animal en las dietas. En el libro História da Alimentação no Brasil (Historia de la alimentación en Brasil), Luís da Cámara Cascudo escribe sobre los orígenes de la feijoada.

Según la escritora y jornalista Eda Romio, una feijoada primitiva comenzó a ser preparada en las senzalas (hogares de los esclavos negros) con la llegada de los primeros esclavos procedientes de África a partir de 1549.

es uno de los platos típicos de la cocina brasileña (considerado como plato nacional) y norte de Portugal. Sus ingrediente básicos son los frijoles (suelen ser negros en Brasil, blancos o rojos en Portugal) y la carne de cerdo en salazón. Se suele presentar acompañada de arroz y naranjas. En Brasil suele espolvorearse con farofa (harina de yuca).

UN ACERCAMIENTO A LA COCINA BRASILEÑA

 

Un acercamiento a la gastronomía brasileña- Lourdes Espinosa/La Opinión

Los Angeles — Variada, colorida, exótica, así es la gastronomía brasileña. Por si fuera poco, el nombre de cada uno de sus guisos tiene sabor y ritmo de samba: feijoada, dulce de calabaza con coco, batido de aguacate… ¡Delicia al por mayor!

Con la llegada de los portugueses a Brasil en 1500, comenzó una fusión que daría como resultado una cultura formidable, pero también una gastronomía amplia y singular.

Los colonizadores portugueses no descubrieron una cocina desarrollada, pero el contacto del portugués con el indio hace que se junten dos vértices culinarios, sazonados con el sabor africano.

Así, con la introducción del bacalao, el aceite de oliva y el puerco al Nuevo Mundo, se enriquece aún más la cocina indígena, caracterizada por la variedad de frutas tropicales.

Con los portugueses llegaron también los esclavos negros y sus costumbres muy arraigadas, pero sobre todo, una forma de ser que acabaría por imperar en la fusión de las tres razas. Los negros con su ánimo relajado y sensual, además de un ritmo único, convirtieron a Brasil en el país heterogéneo, alegre y musical que hoy se ofrece al mundo.

Además, los negros tenían sus propias costumbres culinarias, debido a que ellos debían alimentarse muy bien para soportar las duras faenas a que estaban destinados.

Por otra parte, un acompañante que no falta en el menú brasileño es la harina de mandioca (o yuca), que los indígenas utilizaban desde antes de la conquista y que se adaptó perfectamente a los platillos portugueses por su sabor y su capacidad de absorber las grasas.

Actualmente, también se reconoce la cocina brasileña por la abundancia y calidad de las carnes de cerdo, cordero y aves, pero sobre todo la de res. Son famosas las churrasquerías donde se coloca la carne en espadas para ser asadas al carbón, sin embargo, éste es un proceso más reciente que impera sobre todo en el sur, cerca de Argentina y Paraguay donde la ganadería es abundante.

El centro del país, como São Paulo, tiene una fuerte influencia de la comida italiana, traída por la inmigración europea en el siglo XIX y principios del XX. El macarrón, pasta con jugo de tomate y carne que se hace los domingos en las casas de las familias de Brasil, es muy típico y la denominan “macarronada”.

La feijoada, considerado el plato nacional, surgió de las barracas de los esclavos que trabajaban en las plantaciones de cacao y de caña de azúcar, que se extendían por el noroeste del Brasil y donde los cocineros africanos preparaban comidas sencillas para sus familias y otros trabajadores.

Su historia se remonta a la época colonial, cuando los hacendados blancos comían las mejores partes del puerco, como el lomo y la pierna, y desechaban lo demás, que posteriormente era recogido por los esclavos para su alimentación. Estas partes eran mezcladas con frijoles.

Más adelante, resultó un plato tan delicioso que los blancos empezaron a prepararlo, incrementándolo con otros ingredientes.

Hoy la feijoada es un cremoso caldo a base de frijoles negros o rojos, como los prefieren en el norte, cocinados lentamente con una rica variedad de carnes de cerdo y de carnes saladas, así como de salchichas portuguesas, lengua ahumada y carne seca.

Aunque la preparación del plato varía de región en región, comerlo es una especie de ritual que incluye beber antes un buen trago de aguardiente o cachaça.

Después, servirla sobre arroz blanco, colocar a un lado las carnes, una salsa picante, farola (harina de yuca tostada) y rodajas de naranja para ayudar a la digestión.

Se dice que lo ideal es comer la feijoada en invierno, acompañada de cerveza. Y eso sí, nunca antes de ir a la cama, debido a que es un plato que da energía para mantenerse activo durante largo rato.

La cocina brasileña está regionalizada y cuenta con platillos únicos (ver recuadro). Sin embargo, todos los estados “exportan” lo mejor de su comida a São Paulo, ciudad de negocios que alberga a españoles, franceses, alemanes y japoneses, entre muchos otros visitantes y turistas, a quienes les gusta deleitarse con el ritmo de la samba en el paladar.

Regiones culinarias. Brasil se divide en cinco regiones y cada una ha aportado platillos para conformar la gastronomía y proyectarse a nivel internacional.

Región norte. Conformada por el Amazonas, Paraná, Roraima y Tacontis, cuenta con platillos como el Tacacá No Tucpi que es una mezcla de goma, polvo de mandioca, salsa, gambas y una verdura semejante a los berros. También es conocido el Munguzá o papilla de maíz con trocitos de coco, y los Nécoras o cangrejos que se hierven y se mezclan con una salsa picante.

Región nordeste. Se compone por nueve estados entre los que destacan Río Grande y Bahía. Las recetas tradicionales son Carne del Sol, cuya característica es el tiempo que se expone la carne cruda y salada al sol; la Langosta con Leche de Coco, y el Acarejé o croqueta frita en aceite de dendé hecho con frijoles.

Región sudeste. Aquí se localiza Río de Janeiro, São Paulo, Minas Gerais y Espírito Santo, cuatro estados que han dado a conocer la Gallina Guisada con Quiabo y Angu, es decir, con una masa de harina de maíz y agua. También es conocido el bacalao Desmigado y la tradicional Feijoada.

Región sur. Es la parte más fría del país y está integrada por Paraná, Santa Catarina y Río Grande do Sul. Entre sus aportaciones está el Barreado, que son capas de carne y tocino cocidos en olla de barro con masa de harina de trigo, y el Churrasco.

Región centro oeste. Aquí se ubican Goiás, Mato Grosso do Soul, Mato Grosso y Distrito Federal; en las que destacan platillos como el Tute de Feijoo, que son frijoles espesos que se acompañan con salchichas y huevos fritos, y el Arroz con Sua, que es la parte inferior del espinazo de cerdo.

LA HISTORIA DEL ALFAJOR ARGENTINO

De: Alias de T1MSNSpiritousJoRgItO  (Mensaje original)

Alfajor es de origen árabe, recibiendo también el nombre de Alajú. Nebrija lo nombra en su Diccionario latino-español de Nebrija (1492). Se viene elaborando en Andalucía desde los tiempos de Al-Ándalus hasta nuestros días.

Las primeras referencias de su presencia en América mencionan a Venezuela y Perú, donde les eran dados como ración a las tropas de los españoles.

Fue adoptado en el Río de la Plata empleando dulces de origen (como el dulce de leche), siendo muy probable que haya llegado desde España de la mano de inmigrantes andaluces. Su origen se emparenta con otros productos de la cocina árabe como el turrón de almíbar. El antecedente más cercano del alfajor sudamericano está en los alfajores de Valverde muy conocidos en Andalucía. En Valverde del Camino, provincia de Huelva, Andalucía, se fabrican artesanalmente las tortas de alfajor que consisten en una masa de miel, almendras, pan molido, canela, clavo y matalahuva que rellena dos obleas. Estas obleas son popularmente llamadas hostias por hacerse de la misma forma que las hostias que se consagran en la misa. Suelen venderse envueltos en celofán y está documentada su elaboración desde hace dos siglos. A su fama han contribuido las alfajoreras, mujeres de Valverde que se desplazaban a las Ferias y Romerías de la región con sus puestos de dulces y turrón, con un circuito que empezaba en la Feria de Sevilla y terminaba por Todos los Santos en la Feria de Niebla. Los mejores "cantaores" de fandangos llevan en su repertorio una letrilla popular que dice:

"Dos cosas tiene Valverde que no las tiene La Habana tortillas de gurumelos y alfajor de Las Manzanas"

En las Provincias Unidas del Río de la Plata se introdujo a mediados del siglo XIX, siendo uno de sus pioneros Augusto Chammás, francés, que llegó a esas costas en 1840, y en 1869 fundó una pequeña industria familiar dedicada a la confección de confitura, entre ellas el alfajor. La innovación que introdujo Augusto consistió en confeccionar el alfajor con tabletas redondas.

En Argentina y Uruguay

Según el código alimentario de la Argentina, se debe entender por alfajor

"al producto constituido por dos o más galletitas, galletas o masa horneada, separadas entre sí por rellenos como mermeladas, jaleas, u otros dulces, pudiendo tener un baño o cobertura exterior"

Industriales Como golosina de producción masiva su producción se remonta a la década del 50 en la costa atlántica argentina. Marcas como Havanna y Balcarce son las primeras, desarrollándose posteriormente otras que suman más de 30 distintas en kioscos y supermercados. Las estadísticas de 2004 indican que en la Argentina, sus habitantes consumen 6 millones de alfajores al día,[3] una importante cantidad si consideramos que se trata de un país de 36 millones de habitantes. Es tal la variedad, que en las góndolas de los supermercados pueden encontrarse hasta 34 tipos diferentes de este producto. En Uruguay las marcas más importantes son Punta Ballena, Portezuelo, Sierra de Minas y Solanas. Punta Ballena y Portezuelo también exportan sus productos hacia Argentina, Brasil y Paraguay.

Regionales Tanto en Uruguay como en Argentina, el alfajor lleva elaborándose más de 130 años, y cada región le da su toque distintivo. Existen así alfajores de Córdoba (Argentina), Santa Fe, Santiago del Estero (Argentina), de Tucumán (Argentina), de Punta del Este (Uruguay), Mar del Plata (Argentina) y en general de la mayoría de los lugares turísticos de ambos países. Es tradición que los turistas agasajen a sus familias y amigos, regalándoles cajas de alfajores tradicionales del lugar que visitan, como un sello de que "estuvieron allí". Asimismo se suele despedir a los viajeros diciéndoles (en broma): "Traé alfajores".

Entre los alfajores regionales argentinos se destacan el cordobés, relleno de dulces de fruta (generalmente de membrillo) y el santafesino, de no menos de tres tapas hojaldradas pegadas entre sí con mucho dulce de leche y todo el conjunto glaseado (se pueden reconocer las preparaciones industriales por no disponer del baño en la parte inferior, ya que se lo realiza sobre placas). También en Santa Fe se puede adquirir el Rogel, de iguales características, pero más grande (del tamaño de una torta chica

 

LA YERBA MATE Y LOS GAUCHOS

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El mate se originó en los territorios comprendidos actualmente por parte de Paraguay y en las provincias argentinas de Corrientes y Misiones. Se denomina mate a la infusión preparada con hojas de yerba mate Ilex paraguayensis, una planta originaria de Sudamérica, previamente secadas, cortadas y molidas.

La denominación se genera por extensión del vocablo quechua mati, que significa vaso o recipiente para beber, y que se generalizó como nombre vulgar de la calabaza que se utiliza para dicha infusión. También se lo ha llamado "té del Paraguay". Como sucede con el té, el café o el chocolate, el mate posee un efecto estimulante debido a la cafeína - también llamada mateína -  que contiene.

Además se le suma un efecto, que es compensado por el alto consumo de agua que se realiza cuando se "matea", resultando así una infusión depuradora y al poseer antioxidantes, preservadora del organismo.

Como las otras infusiones mencionadas, el mate tiene cierta acidez, razón por la que muchas veces se le añaden, en escasas proporciones, otras hierbas (digestivas, reguladoras de la función hepática, sedantes, etc.) que logran neutralizar la acidez como también compensar el poderoso efecto estimulante de la cafeína.

Cuando los Jesuitas fueron expulsados de los dominios españoles en el año 1769, se redujo considerablemente el cultivo de la planta de yerba mate.

Federico Naumann logró en 1901, en la colonia Nueva germania en Paraguay, la germinación de las semillas de yerba mate y obtuvo en consecuencia el producto producido por ella.

En la Argentina la primera plantación importante se realizó en 1903 en la Provincia de Misiones donde dos siglos antes lo habían hecho los padres de la Compañía de Jesús.

En la actualidad se la cultiva en la región noroeste de la Argentina, de Paraguay y en el sur de Brasil y han fracasado todos los intentos de cultivos en regiones con las mismas características climáticas como en América del Norte, Asia o África.

La palabra gaucho se usó en las regiones del Plata, Argentina, Uruguay, y Brasil, (aunque allí la palabra es gaúcho) para designar los jinetes de la llanura o pampa, dedicados a la ganadería. Aunque se han propuesto muchas etimologías, no es claro todavía el origen de esa palabra. Una de las más populares es la que hace derivar a gaucho de "guahu-che", que en araucano significa "gente que canta triste".

Fruto de la mezcla de sangres española e indígena, comenzó a forjar su original personalidad en las primitivas vaquerías de la colonia. Allí aprendió a desempeñar las tareas de ganadería con singular destreza y fundió su cuerpo con el de su inseparable compañero: el caballo. Pasaba la mayor parte de su vida sobre el lomo de su pingo, por eso siempre detestó la agricultura, que lo obligaba a estar de pie.

Su indómito valor lo convirtió en uno de los pilares de la emancipación americana. Fue pastor en los tiempos de paz y soldado en tiempos de guerra.

La extensión de la llanura pampeana fue la que terminó de moldear su conducta. Es independiente, de vida errante y costumbres sencillas. Esa libertad con que enfrenta la vida le traería aparejados muchos disgustos. Por mucho tiempo se lo marginó, llegándole su reivindicación con el paso del tiempo, al punto de convertirse la palabra gaucho en sinónimo de rectitud de carácter y nobleza de corazón. Circulo argentino de Santa Fe

LA HISTORIA DEL DULCE DE LECHE

 

Instituto de los Andes - Panel: Argentina
En Argentina existe un relato popular y legendario que fecha su invención hacia el año 1829 en instancias en que estaban por reunirse para firmar un pacto de paz Juan Manuel de Rosas y su enemigo político (y primo hermano) Juan Lavalle en la estancia del primero en Cañuelas, a las afueras de Buenos Aires.
Lavalle fue el primero en llegar y, fatigado, se recostó sobre el catre de Rosas, donde se quedó dormido. La criada de Rosas, mientras hervía leche con azúcar (preparación conocida en esa época como “lechada”) para acompañar el mate de la tarde, se encontró con Lavalle durmiendo sobre el catre de su patrón.
Ella lo consideró una insolencia y fue a dar aviso a los guardias. Poco tiempo más tarde arribó Rosas, que no se enfadó con Lavalle y pidió a la criada el mate con leche.
Esta recordó en ese momento que había abandonado la leche con azúcar al fuego, dejándola calentar durante un largo tiempo. Al regresar a buscar la “lechada”, se encontró con una sustancia espesa y amarronada.
Su sabor agradó a Rosas y se cuenta que compartió el dulce con Lavalle mientras discutían los puntos del pacto, dando así un origen accidental al dulce de leche.
Pero este relato se contradice con lo que el periodista argentino especializado en la historia de la cocina, Víctor Ego Ducrot, comenta en su libro Los sabores de la patria. Según él, el dulce de leche tiene su origen en el manjar blanco que al menos desde el siglo XVIII se confeccionaba en Chile.
Este estaba constituido por una pasta obtenida de leche de vaca sometida a largos hervores y mezclada con canela y vainilla. De Chile pasó a la actual Argentina, donde comenzó a utilizárselo para rellenar alfajores. Afirma además que San Martín se deleitaba probando el manjar blanco cuando llegó a Chile en su campaña libertadora.
Uruguay no podía ser menos, también se atribuye la invención de este producto, o por lo menos argumenta que debería considerarse como típicamente rioplatense y no como exclusivamente argentino. En torno a este hecho se desató una polémica cuando en abril de 2003 la Secretaría de Cultura de la Nación de Argentina anunció su intención de declarar patrimonio cultural argentino al asado, las empanadas y el dulce de leche. En respuesta a este intento, Uruguay elevó un pedido ante la Unesco para que considere a esos tres productos, debido a su origen dudoso, integrantes del patrimonio gastronómico del Río de la Plata. El organismo aún no se ha expedido sobre el tema. Hasta el momento, ningún país posee la denominación de origen. Fuente: DiarioHoy-Argentia

LA SODA EN ARGENTINA

LA SODA EN LA ARGENTINA

Se tomó primero para rebajar el whisky en Inglaterra, luego porque se creía que tenía propiedades curativas y más tarde como compañera inseparable de las comidas. La Plata llegó a cobijar una decena de soderías. Desde los primeros días, cuando se tomaba sólo en las licorerías, hasta el sifón de plástico

Durante décadas, compañía inseparable en la mesa de los argentinos, la soda pasó de ocupar un lugar relevante en la cultura gastronómica vernácula a, prácticamente, desaparecer. El sifón y su contenido efervescente tienen una profusa historia en nuestra ciudad, arraigada desde la época fundacional. La Plata, además, supo cobijar a decenas de soderías, de las cuales hoy sólo sobrevive un puñado con una clientela sin la fidelidad de aquellos días.

El apogeo y ocaso de la industria de la soda remontan sus albores a los años de Dardo Rocha, los primeros empedrados y los mateos surcando las pocas calles de la incipiente capital bonaerense. De antaño y tradicional fue la Licorería Gavassi, Zaballa y Cia. en avenida 1 entre 47 y 48 (donde hoy está El Ayuntamiento), precursora de la llamada “gaseosa” cristal.

En ese entonces, la soda como tal se vendía en este tipo de casas, aún no existía la figura del repartidor, los cajones de madera, ni el sifón sobre la mesa para rebajar el vino.

“Se tomaba sólo en bares, restauarantes y licorerías. Se creía que tenía propiedades curativas, digestivas, para sacar la pesadez tras una comida. Apenas algunas familias adineradas la usaban en el almuerzo o la cena. Tenían el sifón Sparklet’s, con carga individual. Venía con una malla de alambre alrededor en forma de contención, para evitar que explotara”, cuenta el platense Luis Alberto Taube, uno de los pocos historiadores de la soda que hay en el país y propietario del único museo del ramo que existe en nuestra región.

Los ingleses, allá por 1870, fueron precursores con esta bebida cuando descubrieron el gas carbónico. Pero la utilizaban para cortar un poco el whisky, no como un adicional en las comidas.

Una de las soderías fundacionales de La Plata fue la de Risso y Podestá, ubicada en 10 y 61, que luego la compró Marzoratti y Pontirolli (que hacía la gaseosa Criollita) en 1919, otra de las grandes fábricas que tuvo la capital bonaerense. Durante años funcionó en 5 entre 41 y 42.

La expansión - En los primeros años del siglo pasado la soda comenzó a ganar terreno, a masificarse, y con ese cambio cultural empezaron a brotar las soderías a la usanza más conocida. Pero el cambio más notorio, según Taube, fue el que introdujeron las fábricas del vidrio que marcaron toda una época en nuestro país, básicamente Rigolleau.

Hasta ese entonces, “el sifón se traía de afuera o se producía como en Europa, de tres cuartos. Pero Rigolleau (en Berazategui), Mayboglass (en Avellaneda) y La Asunción (en Capital Federal) comenzaron a fabricar el de litro, toda una innovación y revolución del momento”.

Tras la crisis del año 30, vendían litros de efervescente soda Agustín Negro (61 nº 924), que luego sería adquirida por José Baña; Pedro Lodigiani; Soda Progreso (todavía existe, hoy en manos de Millán) de Rufino y Sambucetti (11 y 60, donde fabricaba La Platense); Ronconi y Garbi; Frescol; Miranda y Mondino. Quizás la que más presencia tenía en el mercado local era la Sodería de Juan Carlos Caprile, Manantial (7, 42 y 43), que actualmente funciona. Llegó a contar con diez bocas de expendio. Otro de de sus competidores fue Di Salvo, Manzione y Juan Paladino, luego Paladino Hnos.

“Aquí surgió el repartidor de soda, casi un amigo de los clientes. En las casas se dejaba la puerta entreabierta con el cajón de madera de seis unidades detrás, con los sifones vacíos y la plata debajo. El sodero los cambiaba, se llevaba la plata y listo. Otros le dejaban la llave de su casa. Así, había distribuidores con decenas de manojos. Obviamente, casi no existía la inseguridad”, recuerda Taube, cuyo museo con 6.000 piezas (entre folletos, sifones, maquinarias, herramientas de sodería, cubre y porta sifones, cartelería, sifones de publicidad, propagandas, fotos, etc) cumplirá cuatro años el 26 de abril.

Color en la mesa - Los sifones, siempre de vidrio, eran de los colores más variados. Había azules, celestes, verde en sus diferentes gamas, rosa y ámbar, entre otros. Todos, a su vez, tenían tallado en relieve el logo de cada sodería. Así, nadie se podía confundir. Las mallas de seguridad que los recubrieron, primero de cobre, luego de aluminio y más tarde de plástico, llegaron con posteridad.

Con esta expansión del mercado surgieron varios problemas. “Había una publicidad de la época que decía: Con sólo abrir una canilla usted tendrá una sodería, para promocionar una máquina que venía del exterior, la que permitía fabricar soda fácilmente y en la casa. El inconveniente era la salubridad”, apunta Taube.

La intervención del ministerio de Salud fue determinante. Abrió un registro de soderías y ordenó numerar todos los sifones para llevar un control más estricto. El otro problema que surgió por aquel entonces fue, precisamente, el color de los sifones, que no dejaban ver su contenido.

Taube, coleccionista empedernido e historiador consuetudinario, fecha el apogeo de la soda de la década del ‘50 para adelante. Allí surgieron las fábricas platenses José Castillo, el Tigre Millán, Soda Carioca, San Paoli, San Jorge y La Gioiosa, entre otras.

“Ya estaba instalada en la mesa de los argentinos. Pero luego, a partir de la introducción del televisor, la gente comenzó a ver que la familia Falcón tenía la soda en cada almuerzo o cena, y la popularización fue aún mayor”, estima Taube. A partir del ‘80 esta costumbre tan nacional empezó a declinar, primero levemente, y luego con notoria pronunciación.

Hoy en La Plata quedan El Jumillano de Ivess, Hermida, Manantial de Chispal, Progreso de Millán y algunas soderías más pequeñas. “Ahora los chicos no saben qué es la soda. Piensan que viene en botella, una lástima”, reflexiona Taube. Ya sin el entrañable sifón de vidrio, la soda perdió la efervescencia de aquellos días en la gastronomía argentina